21.12.12

Crítica. Infancia clandestina, Ernesto Alterio y la militancia clandestina en Argentina en los años 70


La representante por Argentina en la carrera de los Oscar conmovió en Cannes, donde participaba en la Quincena de realizadores, y en el Festival de San Sebastián, en la sección de Horizontes latinos. Basada en hechos reales, en parte autobiográfica, el director Benjamin Ávila, que dedica el filme a su madre “detenida y desaparecida en 1979”, narra la militancia clandestina de un grupo de jóvenes entusiastas, que creía firmemente que podría cambiar el mundo. Y lo hace a través de la mirada de Juan, un chaval de 12 años que aprende a esconderse, a pasar desapercibido, cambiando de nombre, Ernesto, en homenaje a Gue Guevara, practicando el acento argentino y tapándose el rostro cuando sus amigos de la escuela le tiran una Polaroid. “El fin de ser guerrillero es que te maten”, escucha por boca de su abuela, esa “otra” generación que no tomó partido, que no hizo nada. “Pase lo que pase, no te traiciones”, le replica su tío Beto (impecable Ernesto Alterio). Así es, desde la contradicción y la ingenuidad, como el niño se enfrenta a un presente que ha anulado su propia identidad, descubriéndonos la cotidianidad de una familia que vive en alerta, con miedo, una difícil etapa en la que también tiene cabida algo tan (más) natural como el primer amor. Esa comprensible incomprensión provoca que la mirada infantil huya del horror, que las escenas violentas, las más sangrientas, surjan en forma de viñetas que suavizan, tal vez en exceso, uno de los periodos más trágicos de Argentina.

[Crítica publicada en Cinemanía enero 2013]